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DORADOS EN EL RIO DE LOS PAJAROS
Marcelo nos avisó
por mail que se habían activados los tigres del río.
Reenviarnos el correo y reservar una fecha, fue cuestión
de escasos minutos y ya salí disparado a comprar
señuelos para la ocasión.
Por Omar Civale
PUERTO YERUA
EL sábado a la tardecita llegamos, Eduardo, Carlos y yo.
Nos recibió la típica tranquilidad indolente de un
pueblo alejado del asfalto y todo lo que este conlleva,
el andar cansino de sus habitantes nos mostró a las
claras que si algo no existe en ese lugar, es el maldito
stress.
Las casitas, humildes pero muy acogedoras y llenas de
plantas, tenían sus puertas abiertas de par en par,
revelando que aún gozan de la tranquilidad que nosotros
perdimos hace mucho tiempo.
El guía, un tipo macanudo y muy dispuesto, vino a
recibirnos a la entrada y nos llevó a la casa donde nos
hospedaríamos, también había organizado la cena en el
restaurante del puerto.
Una vez que bajamos y acomodamos los bagallos, nos
pusimos a charlar sobre lo que haríamos al día
siguiente.
Nunca practiqué la pesca de dorados haciendo trolling,
así que le mostré a Marcelo los muñecos que había traído
para saber si eran los adecuados, me quedé tranquilo al
comprobar que el usaba las mismas mojarras, cascarudos y
bananas, en los mismos colores que yo había elegido. Por
supuesto que también me llevé toda la artillería para
hacer bait-cast, si tenía la oportunidad.
¿INOPERANCIA Y ESTUPIDEZ O CONNIVENCIA?
A las ocho de la mañana en punto llegamos al puerto y ya
estaba la embarcación lista para abordar y salir.
En cuanto nos vio el señor de fauna, o algo así, se nos
vino al humo para preguntar si teníamos los permisos,
exhibimos los que habíamos sacado al bajar del segundo
puente y se detuvo a observar minuciosamente uno por
uno, para ver que todo estuviera en regla y que fueran
auténticos, con la misma suficiencia y meticulosidad
como si estuviera analizando un papiro original escrito
por RAMSES II.
Fue lo único que hizo, romperle las guindas a los
pescadores deportivos, que somos los giles que dejamos
dinero en todos lados, porqué cuando estábamos en el
río, nos cansamos de observar con una infinita furia
contenida, como venían derivando embarcaciones con
cuarenta y cincuenta tarros alrededor, pescando a pindá
y haciendo matanza de cuanto dorado se les prendiera de
los dos anzuelos de cada aparejo, sin respetar peso ni
medida. La imagen se repetía hasta el cansancio, tarro o
botella que acusaba pique era alcanzado inmediatamente,
izado de dorado, palazo en la cabeza y a la bolsa.
El guía se aburrió de llamar a este inoperante señor
para que le avisara a Prefectura y ni en ningún momento
se hizo presente la autoridad.
Nosotros veíamos como en el camping, colgaban de las
ramas de los árboles los dorados que algunos de estos
delincuentes había exterminado y a pesar de las súplicas
de Marcelo, este señor no hizo nada.
Con funcionarios así, queda garantizado que en pocos
años más, los únicos dorados que vamos a ver son los que
logramos fotografiar hasta ahora.
Ni que hablar de nuestra magnífica Prefectura Nacional
Argentina, según los spots de publicidad, podemos
quedarnos tranquilos que ellos velan por nuestra
seguridad e intereses en todas nuestras aguas.
Me pregunto donde estaban mientras se depredaba el río a
escasos cientos de metros de ellos. En fin.
A REVOLEAR SEÑUELOS
Comenzamos a pasar los señuelos cerca de las formaciones
rocosas sumergidas como habitualmente se hace, usando
además líderes largos de unos ochenta cms., para que el
multifilamento no raspe las piedras y a los pocos
minutos tuvimos los primeros piques, estos se fueron
sucediendo cada pocos minutos y puedo decir sin temor a
mentir, que tuvimos cerca de veinticinco ataques,
logrando cobrar alrededor de una docena de dorados de
entre dos y siete kilos.
Carlos y Eduardo usaron mojarras Alfer medianas de
paletas chicas, dado que el nivel de agua era bajo, el
primero tenía una de
color lila en degradé, el otro una
imitación de un sabalito. Por mi parte usé una banana Alfer mediana de paleta corta también, en color
cardenal.
Cuando hicimos un alto para comer y descansar al
mediodía, anclamos en el medio del río, cerca de una
formación rocosa que desde la costa se internaba hasta
desaparecer de la superficie, haciendo que el agua al
chocar contra las piedras se embraveciera, formando el
clásico oleaje con espuma que delatan a este tipo de
accidente geográfico.
Los muchachos cambiaron señuelos por anzuelos nº ocho y
anguilitas, no consiguieron morenas, y dejaron derivar
los aparejos hasta la base de las piedras, teniendo
respuestas inmediatas de doradillos.
Yo armé el equipo de bait-cast y puse para variar, una
banana chica de paleta corta, en color cardenal, lancé
hacia la izquierda y dejé que derivara en superficie
hasta pasar el oleaje, que dicho sea de paso estaría a
unos cuarenta o cincuenta metros, no había dado tres o
cuatro vueltas de manivela del huevito para traccionar
el señuelo, cuando siento un fuerte tirón, clavo y
sosteniendo la caña parada, veo saltar un hermoso dorado
entre medio de la espuma y las olas, comenzó un combate
desparejo, estaba usando multi del catorce, muy fino
para pescar lejos, en medio de la
correntada y anclado,
los vi por última vez, al dorado y al señuelo, cuando el
primero dio su enésimo salto para zambullirse victorioso
cortando el hilo que lo privaba de su libertad.
En lugar de amargarme, me sentí dichoso de poder
disfrutar ese momento, lo que sentí, solo lo puede
entender alguien que haga la misma pesca que nosotros.
La tarde pasó igual que la mañana, se iban sucediendo
los piques a cortos intervalos, puse una mojarra, igual
a las otras, de color marrón oscuro con rayas doradas,
la dejé alejarse de la embarcación y a unos cuarenta
metros, trabé el reel y comencé a notar la vibración en
la punta de la caña, señal inequívoca que funcionaba a
la perfección, a los pocos segundos tengo un bruto tirón
del otro lado, clavo, salta un imponente dorado y
comenzamos la contienda, mientras derivábamos, de pronto
comienza a pedirme mucho multi, no era un ejemplar tan
grande, así que le hago notar al guía que algo no andaba
bien y éste, mas ducho para leer el río, se da cuenta
que estoy enredado en un tarro, que en su deriva se
enganchó en una piedra sumergida y quedó apenas por
debajo de la superficie. Hasta que logramos avanzar y
arrimarnos, el dorado, aprovechando el tarro para hacer
palanca, se soltó abriendo el mosquetón y llevándose a
mi negrita preferida. No era mi día de suerte.
Personalmente estos bichos me ganaron la partida, tuve
cuatro cortes con peces prendidos, dos por roces, uno
por tener multifilamento fino y el último por culpa de
los delincuentes que ni se preocupan en contar cuantos
tarros tiran y cuantos recogen, ¿Alguien podría decirme
cuantos peces mueren por quedar enganchados en estos
artilugios tan nefastos?
EL RETORNO
A las seis de la tarde emprendimos el regreso, luego de
haber disfrutado un día tibio y hermoso, sin mucho sol,
sin viento y habiendo compartido entre tres amigos una
jornada gloriosa, que iba a culminar a la noche con un
majestuoso asado con achuras que Carlos había llevado y
se encargó de asar a las brasas de leña, rociado con
excelente Cabernet Sauvignon que aportó Eduardo y yo, yo
llevé las ganas de comer y tomar, que no es poco.
Y ya saben amigos, como siempre digo: Si quieren pescar
bien, hagan bien los deberes.
Hasta la próxima.
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